home

 

Edu Reptil capítulo 13 de Rockland

Un viejo disco gira incansable en la habitación, en ella tú y yo en el trance de un calor de verano plutoniano, reposamos con los ojos entreverados, se combinan párpado, ojo y sudor tropical. Las butacas son de escay verde y el estor en la ventana deja entrar una luz diluida como de soledad de cigarras en el exterior. En el techo un ventilador completa sus revoluciones demasiado despacio, no sirve más que como inductor a la hipnosis o como imagen de la decadencia de la tecnología del siglo pasado. El viejo disco gira y emite una voz de tango en ocasiones y en otras unos extraños gritos de socorro que terminan en un nombre propio: ¡Amundsen! ¡Amundsen! La grabación está deteriorada pero se puede distinguir todavía.
Poco a poco estamos menos aquí y más allá como nos prometió el santero en aquel callejón de Manila, no entendimos nada del cartel de madera en tagalo, sólo entramos y allí un anciano con sus manos deshechas en una mecedora con la mirada en una bóveda donde se recreaba un cielo nocturno que no reconocimos y una mujer con un vestido de otra época con un estampado ardiente de estrellas apagándose tras un mostrador repleto de reliquias y varios niños todo el tiempo de espaldas a nosotros cogidos de la mano. De la estantería escogiste un disco pero la mujer indicó que no y el santero, desde una esquina, te ofreció éste que ahora gira y gira y es una bisagra vía láctea entre esta habitación de madera y una cámara de las maravillas perdida en otra Manila, que puede ser ahora o en otra parte o futura o puede no ser en absoluto Manila y ser tu mundo apareciendo y desvaneciéndose intermitentemente. Ahora estás en la butaca de escay verde y de pronto una interferencia y estás en un trono de oro bruñido y pieles de felino en el centro de una estancia con unas gafas redondas y negras de Barón Samedi vudú. Este viaje fue idea tuya pero no te detuviste a contar los motivos, luego todo fueron selvas y creí verte en los ojos un brillo de vida pasada y reencarnación que no conocía pero lo vi en tus ojos que parecen cada vez que te observo más grandes y profundos. De nuevo la interferencia y estoy frente a ti en el gabinete fantástico y suena tu voz que siempre me ha fascinado de grave y sobrenatural pero no mueves los labios; ¡Amundsen! ¡Amundsen! Estás rodeada de rafesias rojas y naranjas. En el techo y paredes toda una galaxia de elementos de colección nunca antes vistos; un cráter, una embarcación gigantesca hecha del esqueleto de una ballena extinta, un ser cubierto de cabellos largos como tentáculos que se mueve en su encierro en una pecera de jade diciendo ser Dios de los hombres, un plano que desvela los misterios de la trayectoria del mundo de metal de Rama, una araña tetradimensional, una esquina umbría que anuncia una entrada a un cosmos incierto, un paisaje pintado de la noche de los tiempos, un retrato fractal, experimentos fallidos del Dr. Moreau, un bestiario repleto de criaturas futuras, ilustraciones anatómicas de sombras, un carnaval en marcha que no acaba nunca, una mariposa imposible, la cabeza trofeo de un gigante cíclope, el repertorio de un músico profeta que no llegó a nacer, la memoria de una civilización cuántica en una proyección en bucle, la lona roja azul y blanca de un circo que desapareció en un desvío de la Panamericana, el Maelstrom y un agujero negro a la vez, un manuscrito con la última palabra que se escuchará, un magnetófono reproduciendo una grabación con la voz del Wendigo, un mapa que marca el punto exacto de no retorno.
En mitad de todo tú como un tótem de ébano. Mientras, en la habitación, en nuestra Manila original o en la que creímos, se fltra el verano entre los resquicios de una puerta mal cerrada.

Eduardo Almiñana Peñalver