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Manuel Horn para The Great Oh!

Laura Salguero (1987) nos invita a su imaginario de misteriosas figuras de lo circense, los gabinetes de curiosidades o de los museos antiguos en su época más funesta. Imágenes a penas más grandes que una joya llenan el escenario de la galería cuando expone la artista licenciada en BBAA a caballo entre Cuenca y Valencia.

¿Pero cómo nos podemos explicar la miniaturización de lo siniestro que nos propone la artista?

La temática claramente repetida a lo largo de su trayectoria se articula alrededor del doble significado de la palabra exposición. Sus esculturas se exhiben ante la mirada, hacen evidente el sentirse expuesto mediante sus reacciones cristalizadas ante la mirada indiscreta del espectador que viene en busca de las maravillas y los horrores del arte. De esta forma lo expuesto al mismo tiempo queda exhibido. Lo humano dentro de nosotros rompe el escudo de protección de la figura con la que se topa su mirada.

Hábilmente Salguero incluye este papel del visitante en su obra. La relación con sus esculturas pasa por el voyerismo de quien acude a verla. Esta en ningún momento podrá ser neutra, el espectador se ve arrastrado a lo activo, hacia un gesto de defensa, como quien quiere evadir la culpa.

La miniatura es otra vuelta de tuerca más en esta estrategia. El ser mirado te convierte en freak, experimento o numerito de risa. Esta degradación de la propia persona se construye en el ojo del otro, es lo que te hace pequeño.

Nos encontramos pues con una manifestación artística que representa el escenario posterior a la pérdida de poder. ¿Y quién no se ha encogido estando solo frente a la hostilidad? Pero desde este mismo escenario es donde la miniatura tiene su mayor efecto. Es lo que la mirada hizo pequeño, que desde su degradación devuelve la mirada como un espejo que muestra en el otro aquellos rasgos inconfesables. Cada persona dispuesta a relacionarse con sus piezas queda configurada en la constelación del escenario como otro más que mira miniaturizando. Otro más que no supo aceptar lo diferente.

Ante la mirada al rostro de lo tabú, presenciamos el retorno de algo salvaje. Algo no del todo asumible por la férrea razón. El exceso de aquello fácilmente asimilable, nos enfrenta a los terrenos movedizos de la magia, elemento imprescindible para el arte, según Salguero. Es aquello por lo que la figura nos lleva al lugar en el que aquello tocado por lo divino es rechazado por la sociedad al transgredir. Y es allí donde podemos encontrar la explicación que da cuerpo a sus piezas:

Tocadas en cuerpo por un más allá desterrado de nuestro imaginario, la obra de Salguero hace que regrese lo salvaje para transformar nuestra mirada.